La edad ingrata

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XXXIV

Para él transcurrieron diez minutos de charla con el señor Longdon al amor de la lumbre de la señora Brookenham sin encontrar el momento propicio para abordar el asunto que tan vivamente le fuera planteado en la entrevista precedente. Lo cierto es que de ninguna manera un intervalo menor lo habría habilitado para un tratamiento más directo de este problema, y al principio nada habría podido resultar más denodado que la intensidad de su esfuerzo por no mostrar impaciencia ante preguntas que constituían, por parte de una persona del estilo global de su anciano amigo, meras salutaciones y formalismos. Había un límite para la honesta alusividad con que, de acuerdo con la escuela de modales del señor Longdon, podía ser tratado un viaje por el extranjero, y Mitchy, sin duda, patentizó abundosamente que ninguno de sus frecuentes regresos había sido recibido por una curiosidad a un tiempo tan pormenorizada y tan discreta. Pertenecer a un círculo muchos de cuyos miembros podían hallarse en cualquier momento al otro lado del globo suponía inevitablemente caer en el hábito de hacer pocas preguntas, así como en el de compensar su poquedad a base de su desvergüenza. En resumidas cuentas este interlocutor, mientras en su fuero interno el delegado de la señora Brook meditaba acerca de todo lo que tenía entre manos, habló con cierta extensión y asaz encantadoramente —ya que ello no era sino tributo a una elemental cortesía— sobre las resonancias virgilianas de la Bahía de Nápoles. Al final, empero, se sobresaltó al dirigirle una mirada al reloj:


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