La edad ingrata
La edad ingrata Durante un par de semanas tras el regreso del señor Longdon, Nanda Brookenham había tenido mucho en que pensar; pero en ella se había materializado en alto grado, visiblemente para nosotros, una animación de actividad durante la tarde de cierto viernes de junio. Estaba en inhabitual posesión de aquel acogedor aposento donde últimamente había transcurrido gran parte de su vida: la redecorada y reacondicionada estancia, en el piso superior, donde había disfrutado de una debida dosis tanto de soledad como de compañía. Pasando revista a los objetos que la circundaban, prestó una especial atención a su acusada riqueza bibliográfica: durante cinco minutos cambió repetidamente la ubicación de varios volúmenes, trasladó a mesas algunos que estaban en anaqueles y reorganizó estanterías teniendo en cuenta el efecto de la disposición de los lomos. Lo cierto es que en todos los sentidos estaba flagrantemente enfrascada en una cuidadosa meditación sobre el efecto, la cual incluso, de no haber prevalecido aquí inveteradamente la ley de una extremada naturalidad, habría podido rastrearse en los mismísimos detalles de su propia apariencia personal. En resumidas cuentas se presentía «compañía» en el ambiente y se advertía expectación en el cuadro. Las flores sobre las mesitas ostentaban una escrupulosa lozanía agudamente reverberada en el centelleo de brinquiños y reproducida a su vez en la exuberancia leve de cojines sobre sofás y la estudiada altura de persianas en fenestras. Los amigos en las fotografías se hallaban en especial sumamente preparados, todos ellos con pequeños rostros intensos, que en todos los casos daba la casualidad de que estaban orientados hacia la puerta. Acaso el par de ojos más dilatados fuese el del querido Van, presente bajo un cristal pulido y dentro de un marco de tafilete de cantos dorados claramente relacionado, aun a simple vista, con Piccadilly y la Navidad, y que perceptiblemente aguzó la mirada ante la apertura de la puerta, el anuncio de un nombre por parte de un lacayo y la entrada de un caballero notablemente parecido a él exceptuando que las pequeñas disimilitudes favorecían al caballero. No llevaba Vanderbank ni diez segundos en la habitación y ya había dejado claro haber acudido para mostrarse considerado. Por consiguiente la consideración se convierte para nosotros, merced a un rápido giro del espejo que refleja la escena entera, en la nota alta del concierto: una consideración que casi inmediatamente inundó el lugar —llegando a excluir cualquier otra cosa— de una cordial voz campechana, una brillantez de buenos gestos y buenas intenciones, una risa constante aunque a veces quizá inoportuna, casi una sobreabundancia de interés, desatención y movimiento.