La edad ingrata
La edad ingrata —Pienso que ha sido inmensamente amable por tu parte. —Y dicho pensamiento semejó precisamente, mientras él hablaba, una flor de la omnipresente lozanÃa… como si esa amabilidad que él habÃa mencionado hubiese sido tan sumamente grande que ni corta ni perezosa lo habÃa conformado todo a su imagen y semejanza—. Lo único que me afligió una pizca —continuó— fue que confesaras haber vacilado mucho y aguardado antes de decidirte a escribir. Espero firmemente, ¿sabes?, que nunca vuelvas a hacer nada por el estilo. Siempre que experimentes el más tenue deseo de verme (por causa de no importa qué motivo), siempre que exista la más mÃnima cosa de cualquier tipo que yo pueda hacer por ti, te prometo que no me será fácil perdonarte si guardas las distancias. Se me hace que cuando las personas llevan tanto tiempo conociéndose como tú y yo hay por lo menos un placer que pueden permitirse. Naturalmente me refiero —amplió Van— al de ser desenvueltas y abiertas y espontáneas. Hay excesivas relaciones en que uno no lo es, en que ello no compensarÃa, en que de hecho la «desenvoltura» serÃa la mayor de las trabas y la «espontaneidad» la mayor de las falsedades. No obstante —siguió mientras de improviso se incorporaba para cambiar el sitio donde habÃa depositado su sombrero—, en realidad no sé por qué estoy alegando con tamaña insistencia, pues soy por entero consciente de que a mà personalmente no me es preciso. Uno se pasa la mitad del tiempo alegando más o menos en su propio favor, ¿verdad? De todas formas no me equivoco, creo, respecto que lo que es acertado contigo. Y contigo una mera insinuación es bastante, estoy seguro, acerca de lo que es acertado conmigo. —Él habÃa estado mirando en todo su derredor mientras hablaba y dos veces se habÃa cambiado de asiento; conque estuvo bastante en consonancia con su admirativa atención generalizada el que la siguiente impresión que verbalizó se hubiese impregnado de un cierto aire de trascendencia—: ¡Vaya flores tan extraordinariamente preciosas tienes y qué bonito lo has dejado todo! Siempre estás alterando algo; las mujeres están constantemente cambiando la disposición del mobiliario. Si a uno le da por entrar a oscuras (no importa lo bien que se conozca el sitio), termina sentándose sobre un sombrero o un perrito. Pero claro está que me dirás que uno no entra a oscuras, o al menos que si uno lo hace se habrá merecido cualquier cosa con que se tropiece. Sólo que ya sabes de qué manera algunas mujeres adornan sus habitaciones. Me siento obligado a decir que tú no estás, ¿verdad?…, no estás ansiosa por colocar tiestos en las ventanas y media docena de persianas. ¿Por qué tendrÃas que estarlo? ¡Ya tienes un buen montón de cosas de que preciarte! —Tras esto él se puso de pie por tercera vez, como para dominar mejor la escena—. A lo que me refiero es a aquel sofá (que, dicho sea de paso, es de asombrosa calidad): ¡mi querida Nanda, vaya si lo desplazas de punta a cabo! Desde luego estaba colocado aquà la última vez, ¿no?, y este objeto estaba puesto allá. La última vez (quiero decir la última vez que subà a esta habitación) fue hace la mar de tiempo; ¿cuándo fue, por cierto? Pero ya ves que he subido a esta habitación y me acuerdo. Y ahora tienes muchÃsimas más cosas. Estás acumulando riquezas. ¡En verdad el incremento del lujo…! Menuda cantidad de libros… ¿los has leÃdo todos? ¿Dónde has aprendido tantÃsimo sobre encuademaciones?