La edad ingrata

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—¡Huy, él, según me temo, pobrecillo… no siente debilidad por nada!

La duquesa se había quitado un guante para ayudarse a satisfacer su apetito, pero ahora, enfundándoselo, se lo estiró:

—Creo que él tiene sus propias ideas.

—¿Las mismas que las tuyas?

—Bueno, se parecen más a las mías que a las tuyas.

—Oh, puede ser… pues él y yo —dijo la señora Brookenham— discrepamos, me parece, en exactamente dos cosas. Entonces consideras suficientemente bueno para mi hija —continuó— al pobre Mitchy, que es hijo de un zapatero y podría ser nieto de un saltamontes.

Durante unos momentos la duquesa admiró el espléndido ajuste de su guante, y dijo:

—Afronto los hechos tal como son. Es precisamente lo mismo que hago por el bien de Aggie. —Después incurrió en una cierta liviandad voluntaria—: ¿A cuánto asciende la dote de Nanda?

Pero la señora Brookenham aceptó sin inmutarse lo que quiera que fuese que, dentro de una gama que iba desde un parentesco imperioso hasta una confesa frivolidad, hubiese espoleado esa pregunta:

—Eso debes preguntárselo a Edward. Yo no tengo la menor idea.


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