La edad ingrata

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—¡Ahí lo tienes otra vez: las virtuosas madres inglesas! Yo tengo guardada en una media vieja la pequeña fortuna de Aggie, y la recuento todas las noches. Si tú no tienes ninguna media vieja para Nanda, hay destinos peores que zapateros y saltamontes. Incluso teniendo una, ¿sabes?, yo no miraría con desdén al pobre Mitchy. Debemos coger lo que podemos conseguir, y yo seré la primera en hacerlo. No se puede conseguir todo a cambio de cuatro perras chicas. —Y la duquesa se puso en pie, resplandeciendo, empero, con una manifiesta luz de su fantasía—: Habla con él, querida; ¡habla con él!

—¿Quieres decir que le ofrezca a mi hija?

Ante esta entonación la duquesa se rió:

—¡Ahí lo tienes una vez más: vous autres! Si la idea te consterna, empleas drôlement tus escrúpulos. Yo le ofrecería la mía al hijo de un deshollinador si contara con las garantías primordiales. Nanda es encantadora: no le haces justicia. Yo no digo que el señor Mitchett sea apuesto o aristocrático, y tiene menos distinción de la que cabría en un dedal. Se toma, además, muchas libertades durante la charla… pero eso —agregó la duquesa con resolución— depende mucho de con quién charle. Y, después del casamiento, ¿qué más da eso? Tiene cuarenta mil al año, una excelente idea de cómo invertirlas y un buen natural.

La señora Brookenham permaneció sentada; se limitó a alzar la vista hacia su amiga:


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