La edad ingrata
La edad ingrata —¿Es mediante Lord Petherton como estás al corriente de su excelente idea?
La duquesa dejó ver que se sentÃa desafiada, pero también que se sentÃa indulgente:
—Me guÃo por mis impresiones. Pero Lord Petherton ha hablado en favor de él.
—Es lo menos que puede hacer —dijo la señora Brookenham—, ya que vive enteramente de él.
—¿Lord Petherton vive… del señor Mitchett? —La duquesa se quedó mirando fijamente, pero más bien divertida que horrorizada—. Caramba, ¿acaso no es un… gran propietario?
—Y muy avispado. Se ha apropiado del señor Mitchett. ¿No lo sabÃas? —En la sorpresa de la señora Brookenham hubo una sincera lamentación.
—¿Cómo iba a saberlo… si aún me siento una extranjera aquÃ, cosa que a menudo más bien me alegra, y escojo mis amistades y doy mis pasos con gran cautela, te lo aseguro? ¿Cómo iba a saber nada de todos vuestros enredos y escándalos sociales?
—¡Huy, nosotros no llamamos a eso un escándalo social! —repuso inimitablemente la señora Brookenham.
—Bien, pues si quisieras, tienes a mano la forma de atajarlo que ya te he explicado. DesvÃa el curso del caudal del señor Mitchett.