La edad ingrata

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—¿Qué es lo que hay entre ellos dos? —demandó él.

—¿Qué es lo que hay entre cualquier mujer y el hombre cuyas simpatías procura ganarse?

—Caramba, a menudo puede no haber nada. Yo ni siquiera sabía que ella lo conociera especialmente —agregó Brookenham.

—Es precisamente lo que a ella le gustaría impedir que supiese nadie; y el hecho de que ella vaya a venir aquí para estar con él cuando ella sabe que yo sé que ella sabe, ¿te das cuenta?, que él va a presentarse aquí, es exactamente una de esas maniobras que son lo bastante sutiles para hacer desviarse del verdadero husmillo a una mujer que sólo tenga medio olfato. —Mientras hablaba, la señora Brookenham pareció dar fe, mediante el bonito modo soñador como hendió la nariz en el aire, de su propia tenencia de la totalidad de dicha cualidad—. Todavía no sé a punto fijo qué pensar, pero servidora nunca tarda mucho en caer en la cuenta de las cosas de esta clase.

—¿Supones que su proyecto es conseguir que él la despose? —preguntó Brookenham a su incoloro modo.

—¡Mi querido Edward! —se quejó por toda respuesta su esposa.

—Pero si ella puede verlo en otros lugares, ¿por qué habría de querer verlo aquí? —perseveró Edward con una voz ausente de entonación.


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