La edad ingrata
La edad ingrata Entonación fue lo que ahora le sobró a la señora Brookenham:
—¿Quieres decir si ella puede verlo en la propia casa de él?
—Sin nata, por favor —dijo su marido—. ¿No tiene ella también una casa propia?
—SÃ, pero saturadamente acaparada por Aggie y la señorita Merriman.
—¡Ah! —comentó Brookenham.
—Siempre ha habido algún hombre en su vida; siempre he sabido que lo habÃa. Y actualmente ese hombre es Petherton —dijo su compañera.
—Pero ¿dónde está el atractivo?
—¿El de él? Caramba, innumerables mujeres podrÃan contestarte. Petherton tiene un historial envidiable.
—Pero yo quiero decir en la querida y vieja Jane.
—Pues me atreverÃa a decir que innumerables hombres podrÃan contestarte. Jane no es más vieja que cualquier otra. Y además posee grandes caracterÃsticas.
—Oh, seguramente es estupenda —repuso Brookenham como si hubiese decaÃdo su interés por el caso. Cabe sospechar que uno se aproximaba un poco a conocer su personalidad infiriendo que en un cÃrculo de amistades tan populoso el hastÃo nunca rondaba muy lejos de él.