La figura de la alfombra

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Cuando posteriormente, en nuestro gregario paseo, me encontré durante media hora, no sin que mediara quizás otra maniobra, al lado del gran hombre, el resultado de su afabilidad fue un deseo más intenso aún de que permaneciera ignorante de la especial justicia con que yo le había tratado. No es que pareciera tener una gran sed de justicia; por el contrario todavía no había captado en su conversación ni el más mínimo gruñido de rencor, matiz que mi joven experiencia ya estaba preparada para percibir. En los últimos tiempos su obra había obtenido un reconocimiento más amplio, y era agradable, como solíamos decir en The Middle, ver cómo aquéllo le haba dejado a la intemperie. No había naturalmente llegado a ser muy popular, pero juzgué que una de las razones de su buen humor era precisamente que su éxito no dependía de este fenómeno. De todas formas, en cierto sentido se había puesto de moda; los críticos al menos habían hecho un esfuerzo supremo para ponerse a su altura. Habíamos al final sabido lo inteligente que era, y él había tenido que sacar el mejor partido posible de la pérdida del misterio que hasta entonces le rodeaba. Tuve grandes tentaciones, mientras caminaba a su lado, de reconocer la medida en que yo había contribuido a correr el velo; y hubiera probablemente llegado a decírselo de no haber sido porque, justo cuando me decidí, una de las damas de nuestro grupo, robando un hueco al otro lado de nuestro hombre, atrajo su atención de modo relativamente egoísta. Fue algo muy decepcionante: casi me pareció que se había tomado esa libertad conmigo y no con él.


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