La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Durante la cena estuve vigilando en espera de signos de esa impresión, tratando de imaginar la presencia de un resplandor más vivo en sus ojos; pero para decepción mía Lady Jane no me dio ninguna oportunidad de comprobarlo. Yo había esperado que desde el extremo de la mesa hiciera una llamada triunfal, que preguntara públicamente si tenía o no razón. El grupo era numeroso, se nos había unido gente de fuera, pero nunca había visto una mesa lo bastante alargada para privar a Lady Jane de un triunfo. Estaba precisamente reflexionando que esta interminable tabla iba a privarme a mí de uno cuando la invitada que se encontraba a mi lado —era la señorita Poyle, la hermana del vicario, una persona robusta y sin matices—, tuvo la feliz inspiración y el raro valor, la pobre mujer, de dirigirse a Vereker, que estaba sentado al otro lado aunque no directamente enfrente, de forma que cuando él respondió los dos estaban inclinados hacia delante. Ella le preguntó, ingenuo ser, qué pensaba del «panegírico» de Lady Jane, que también ella había leído aunque sin relacionarlo con su vecino de la derecha; y cuando yo esforzaba mi oído para escuchar su contestación, quedé estupefacto al oírle responder alegremente, con la boca llena de pan:
—¡Oh, muy bien, las bobadas de siempre!
Yo había captado la mirada de Vereker en el momento que habló, pero tuve la suerte de que la sorpresa de la señorita Poyle escondiera la mía.