La figura de la alfombra
La figura de la alfombra —Esto le pasa simplemente porque usted no ha llegado nunca a vislumbrarlo —replicó—. Si usted hubiese llegado a captar el elemento en cuestión, ese detalle se hubiera convertido pronto en prácticamente lo único visible. Para mà es exactamente tan palpable como el mármol de esta chimenea. Además, el crÃtico no es exactamente un hombre corriente: si lo fuera, ¿dÃgame, por Dios, qué derecho tendrÃa para entrar en el jardÃn de su vecino? Tampoco usted tiene nada que ver con un hombre corriente, y la verdadera raison d’etre de todos ustedes es que son unos diablillos de la sutileza. Si lo mÃo es un secreto, lo es solamente porque es un secreto a pesar suyo: me sorprende, pero lo que ha ocurrido lo ha convertido en secreto. No solamente no tomé nunca la más mÃnima precaución para mantenerlo en ese estado, sino que ni siquiera soñé que tal accidente pudiera ocurrir. De haberlo presentido me hubieran faltado ánimos para proseguir. Pero se produjo de tal forma que sólo llegué a comprenderlo poco a poco, y para entonces mi obra estaba ya hecha.
—¿Y ahora le gusta mucho? —me arriesgué a decir.
—¿Mi obra?
—Su secreto. Es lo mismo.
—¡Que usted haga esta deducción —contestó Vereker— demuestra que usted es tan inteligente como yo decÃa!