La figura de la alfombra

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IV

Cuando regresé a la ciudad coleccioné febrilmente todas sus obras, las tomé una por una, por orden, y abrí sus páginas. Esto me dio un mes enloquecedor durante el cual ocurrieron varias cosas. Una de ellas, la última, debería inmediatamente añadir, fue que actué de acuerdo con el consejo de Vereker: renuncié a mi ridículo intento. La verdad es que no lograba sacar nada en claro; resultó un desastre. Después de todo, como había señalado él mismo, yo siempre le había apreciado; y lo que ocurría ahora era simplemente que mis nuevos conocimientos y vanas preocupaciones estropeaban el placer que me daba la lectura de sus obras. No solamente no logré que apareciera la intención general, sino que ni siquiera lograba ya captar las intenciones secundarias que tanto había disfrutado antes. Sus libros dejaron incluso de ser esos objetos encantadores que había sido para mí; mi búsqueda resultó tan exasperante que hasta perdí el gusto de su lectura. No sólo no había conseguido un nuevo placer sino que eché a perder uno de mis recursos; pues desde el momento en que no fui capaz de seguir la pista del autor pensé naturalmente que era una cuestión de honor no utilizar profesionalmente mis conocimientos de su obra. Yo no sabía nada: nadie sabía nada. Era humillante, pero podía soportarlo: la pista ya sólo me fastidiaba. Al final llegó incluso a aburrirme, y fui, lo admito, lo bastante perverso como para explicar mi propia confusión diciéndome que Vereker se había burlado de mí. El tesoro enterrado era un mal chiste, la intención general una monstruosa pose.


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