La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Pero de todo esto lo principal es, sin embargo, que conté a George Corvick lo que me había ocurrido y que mi información causó en él un efecto inmenso. Él haba por fin regresado, pero también, desgraciadamente, lo había hecho la señora Erme, y por lo que pude ver seguía sin haber perspectivas de boda inmediata. La anécdota que traje de Bridges le había producido una inmensa excitación: hasta tal punto encajaba perfectamente con la sensación que desde un buen principio le había hecho pensar que había en Vereker algo que no se captaba a simple vista. Cuando le hice notar que la página impresa parecía haber sido inventada precisamente para la vista me acusó inmediatamente de ser víctima de un rencor debido a la frustración de mi intento. En nuestras relaciones nos habíamos tratado siempre con la máxima franqueza. Ese detalle al que Vereker se había referido en su conversación conmigo, me dijo, era exactamente lo que él, Corvick, había querido que yo explicase en mi crítica. Cuando al final le sugerí que con la ayuda que yo le había dado ahora estaría sin duda dispuesto a explicarlo él mismo, admitió libremente que antes de hacerlo debía lograr entender algunas cosas más. Lo que hubiera dicho, en caso de haberse encargado él de la crítica del nuevo libro, era que resultaba evidente que en lo más íntimo del arte de aquel autor había algo que reclamaba evidentemente ser entendido. Me dijo que yo no había ni siquiera dado pistas en este sentido y exclamó que no era de extrañar que el autor no se hubiera sentido adulado por mi artículo. Le pregunté a Corvick cuál le parecía que era el significado de su exagerada sutileza, y, claramente iluminado, me contestó: