La figura de la alfombra

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Esto fue todo lo que dijo excepto algo referente a que la señora Erme se había restablecido de forma verdaderamente extraordinaria: comentario que subrayaba, o así lo supuse yo, la moraleja que afirma que no hay acuerdo privado que valga si el doctor no participa en él. Yo me tomé la libertad de inferir, mirando ahora más de cerca, que quizá la chica se había en algún sentido apartado de él. Claro que, si lo que él sentía eran por ejemplo celos, no podían ser celos de mí. En tal caso —y dejando a un lado, y olvidando, su absurdo— no se hubiera alejado para dejarnos juntos. Desde bastante tiempo antes de su partida no había hecho alusiones al tesoro enterrado, y yo extraje una clara conclusión de su silencio, que mi reserva no había hecho otra cosa que emular. Pensé —o éstas fueron al menos las apariencias que él me permitió ver— que había decaído su valentía, que su ardor había sufrido el mismo destino que el mío. No se le podía pedir que hiciera más de lo que hacía; admitir explícitamente su fracaso, enfrentarse a mi expresión de triunfo en el momento en que me lo dijera, resultaba imposible. Sin embargo no hubiera tenido necesidad, el pobre hombre, de ocultarse porque para aquel entonces no tenía ya ninguna necesidad de triunfar. De hecho pensé que me había mostrado magnánimo al no reprocharle su hundimiento, porque pensar que él había abandonado el juego me hizo notar más que nunca hasta qué punto yo dependía en último extremo de él. Si era cierto que Corvick había fracasado, yo nunca llegaría a saber nada; nadie podría si él no había podido. No era en absoluto verdad que a mí me hubiera dejado de importar llegar a saberlo; poco a poco mi curiosidad había empezado no solamente a doler de nuevo sino que hasta se había convertido en el tormento normal de mis días y mis noches. Hay sin duda personas a quienes, por contrastes con las contorsiones de la enfermedad, los tormentos de esa otra clase parecen muy poco naturales; pero después de todo no sé por qué tengo siquiera que mencionar a esa gente teniendo en cuenta los asuntos que estoy refiriendo. En todo caso, para las pocas personas, sean anormales o no, con quienes mi anécdota se relaciona, la literatura era un juego de habilidad, y habilidad significaba para ellas valentía, y valentía significaba honor, y honor significaba pasión, significaba vida. La apuesta que había sobre la mesa era de una substancia especial y nuestra ruleta no era sino la mente dando vueltas, pero el interés con que nos sentábamos alrededor de la mesa verde era tan elevado como el de los inexorables jugadores de Montecarlo. Gwendolen Erme, a fin de cuentas, con su cara blanca y su mirada fija, daba justamente el tipo de esas damas delgadas que uno se encuentra en los templos del azar. Fue durante la ausencia de Corvick cuando ella dio más intensidad a esta analogía. Había, lo admito, cierta extravagancia en su manera de vivir entregada al arte de la pluma. Era patente que su pasión la devoraba, y por eso ante su presencia me criticaba a mí mismo por mi tibieza. Volví a tomar «Deep Down»: era un desierto en el que se había perdido, pero en el que también había sabido cavar un maravilloso agujero en la arena: una cavidad de la que Corvick, de modo aún más notable, había sabido sacarla.


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