La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Corvick, que había prometido escribir una crítica de este libro, no había tenido siquiera tiempo de leérselo; sus planes se habían estropeado a consecuencia de una noticia que exigía —así lo juzgó él en precipitada reflexión— que tomara el correo nocturno de París. Había recibido un telegrama de Gwendolen Erme en respuesta a la carta en la que se había ofrecido a acudir volando en su ayuda. Yo tenía ya noticias de Gwendolen Erme; nunca la había visto, pero me había hecho una idea que fundamentalmente me llevaba a concluir que Corvick se casaría con ella si la madre de ella muriese. Esa dama parecía ahora dispuesta a jugar limpio con él y satisfacerle; después de un fatal error relativo a un clima o a una «cura», la señora había sufrido repentinamente un colapso cuando regresaba del extranjero. Su hija, desamparada y alarmada, deseaba volver rápidamente a casa pero, frenada por las dudas ante los posibles riesgos, había aceptado la ayuda de nuestro amigo; yo creía secretamente que en cuanto le viera la señora Erme se repondría. Lo que él creía no hubiera podido de ningún modo calificarse de secreto; era patente en cualquier caso que no pensaba lo mismo que yo. Me había enseñado la fotografía de Gwendolen comentando que no era bonita, pero sí terriblemente interesante; la joven había publicado a la edad de diecinueve años una novela en tres volúmenes, «Deep Down» [En el fondo], que él, en The Middle, había tratado de forma verdaderamente espléndida. Él se dio cuenta de la vehemencia que me embargaba ante aquella oportunidad y se comprometió a que la revista en cuestión estuviera a la misma altura; luego, por fin, con la mano ya en la puerta, me dijo: