La figura de la alfombra
La figura de la alfombra Era imposible no sentirse arrastrado por la máxima simpatÃa hacia ella y a mi regreso a Inglaterra me mostré todo lo amable que pude. La muerte de su madre le habÃa dejado con medios suficientes, y se habÃa ido a vivir a un barrio mejor. Pero su pérdida habÃa sido muy grande y su castigo muy cruel; sin embargo nunca se me hubiera ocurrido suponer que iba a llegar a sentir que su posesión de un truco técnico, de un fragmento de experiencia literaria, fuera una compensación para su dolor. Aunque pueda parecer raro, y a pesar de todo, después de verla unas pocas veces no pude impedir que me pareciese haber captado una fugaz visión de tan extraño sentimiento. Me apresuro a añadir que hubo otras cosas que no pude dejar de creer, o al menos de imaginar; y como nunca me llegó a parecer que todas esas cosas fueran absolutamente claras, doy, por lo que se refiere a la cuestión que aquà me ocupa, el beneficio de la duda a su memoria. Herida y solitaria, muy hecha y ahora, en su insondable luto, en su gracia al fin madura, y en su resignado pesar, indiscutiblemente guapa, aparecÃa como una mujer que llevaba una vida de dignidad y belleza singulares. Al principio yo habÃa encontrado una forma de convencerme de que pronto obtendrÃa los frutos de la reserva que ella formuló, una semana después de la catástrofe, en su réplica a una petición de la que yo me daba cuenta que podÃa haberle parecido sorprendente por haber sido formulada en momento tan inoportuno. Es cierto que esa reserva me causó una impresión bastante desagradable: es cierto que cuanto más pensaba en ella más me desconcertaba a pesar incluso de haber tratado de explicarla (con momentos de éxito) imputándola a la exaltación de los sentimientos, a escrúpulos supersticiosos, a un refinamiento del sentido de la lealtad. Es cierto también que esa reserva hacÃa crecer más incluso el precio del secreto de Vereker, aun tratándose de un misterio precioso ya por sà mismo. PodrÃa también confesar abyectamente que la inesperada actitud de la señora Corvick fue el golpecito que acaba de remachar el clavo, me refiero al clavo que iba a fijar fuertemente en mà mi desafortunada idea, a convertirla en una obsesión que jamás abandonará mi conciencia.
