La fontana sagrada
La fontana sagrada Lo detuve allí mientras le expresaba que probablemente él preferiría volver efectivamente a la mansión.
—¿Usted no vuelve a la mansión, pues?
—No, no me apetece el té de manera especial; y ahora puedo confesarle que me propongo dar un insociable paseo solitario. No disfruto de ocasiones como ésta —dije— a menos que de vez en cuando me retire solo a algún sitio el tiempo necesario para decirme cuánto las disfruto. Para eso era para lo que estaba cultivando la soledad cuando hace un rato me topé con ustedes por azar. Cuando lo vi allí con Lady John no pude menos que intentar poner buena cara; pero me alegra esta oportunidad de asegurarle que, a despecho de cualquier apariencia en contra, yo no merodeaba en busca de ustedes.
—Bueno —repuso francamente mi compañero—, me alegra que se presentara usted.
Yo no estaba divirtiéndome excesivamente. —¡Huy, creo que sé cuán poco!
