La fontana sagrada

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CAPÍTULO III

A la mañana siguiente hice diversas cosas, mas la primera no fue cumplir aquella promesa. Fue dirigirme sin demoranza a Grace Brissenden:

—He de informarle que, pese a sus aseveraciones, no funciona en absoluto… ¡oh, pero que en absoluto! He puesto a prueba a Lady John, como indicó usted, y no puedo sino pensar que ello nos deja casi exactamente donde estábamos. —Entonces, como mi escuchante semejara no recordar muy bien dónde habíamos estado exactamente, la acorrí—: Ayer en la estación de Paddington usted dijo, para explicar el cambio operado en Gilbert Long (¿no se acuerda?), que Lady John, moldeándolo ininterrumpidamente con su genio y cediéndole lo mejor de sí misma, es lo bastante inteligente para dos. Entonces debe de ser que no es lo bastante inteligente para tres… o, si no, para cuatro. Confieso que no me convence. ¿De veras la deslumbra a usted?

Mi amiga ya estaba en el ajo:

—¡Oh, posee usted un ingenio insuperable!

—No, tan sólo poseo un sentido de la realidad: un sentido que no se siente nada satisfecho con la teoría de un influjo como el de Lady John.

Ella se sorprendió:

—Entonces, ¿de quién es el influjo si no?


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