La Lección del maestro
La Lección del maestro Ella lo complacÃa enormemente, no tanto por su último comentario —aunque por supuesto eso no era demasiado desconcertante—, como porque, sentada frente a él durante el almuerzo, le habÃa ofrecido durante media hora la impresión de su bella cara. Con esto habÃa llegado algo más, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, al contrario que muchos entusiasmos, no era todo ademán. Eso, para él, no se vio arruinado al comprobar que la comida la habÃa puesto de nuevo en familiar contacto con Henry St. George. Sentado al lado de ella, el hombre célebre se encontraba también frente a nuestro joven, quien habÃa podido advertir que multiplicaba las atenciones poco antes señaladas por su esposa al General. Paul Overt también habÃa llegado a la conclusión de que la dama no estaba desconcertada en lo más mÃnimo por estos fervorosos excesos y de que daba muestras de poseer un espÃritu despejado. TenÃa a Lord Masham a un lado y al otro al experto Mr. Mulliner, director de un nuevo y enérgico periódico vespertino de clase alta, que se esperaba que cubriese la necesidad, sentida en los cÃrculos cada vez más conscientes, de que el conservadurismo debÃa hacerse divertido, y no convencidos cuando los de otro color polÃtico aseguraban que ya lo era bastante. Al cabo de una hora transcurrida en su compañÃa, Paul Overt la consideró aún más hermosa que en la primera irradiación, y si sus profanas alusiones al trabajo de su marido no hubieran seguido resonando en sus oÃdos, ella le habrÃa gustado... siempre y cuando eso pudiera suceder con una mujer con quien no habÃa hablado todavÃa y con quien probablemente no hablarÃa nunca, si de ella dependiera. Las mujeres lindas constituÃan una clara necesidad para este genio y por el momento era Miss Fancourt quien la cubrÃa. Si Overt se habÃa prometido un examen más detallado, la ocasión era ahora óptima, y produjo consecuencias que el joven consideró importantes. Vio más cosas en la cara de St. George, que le gustaron más por no haber revelado la historia completa en los tres primeros minutos. Esa historia iba manifestándose a medida que uno leÃa, en cortas entregas —el que las analogÃas de uno fueran en cierto modo profesionales era excusable— el texto era de un estilo considerablemente enrevesado, con un lenguaje difÃcil de interpretar sobre la marcha. HabÃa en él matices de significado y una vaga perspectiva histórica, que retrocedÃa cuando uno avanzaba. Paul Overt habÃa prestado atención a dos hechos en particular. El primero de ellos era que le gustaba mucho más la máscara mesurada en inescrutable reposo que en agitación social; su sonrisa casi convulsiva era lo que más le desagradaba (todo lo que podÃa desagradarle era cualquier impresión derivada de esa fuente), mientras que la cara tranquila tenÃa un encanto que aumentaba a medida que la quietud volvÃa a aposentarse. El cambio a la expresión de alegrÃa, observó, provocaba en gran medida la Ãntima protesta de una persona que se encuentra en la penumbra cuando traen una lámpara demasiado pronto. Su segunda reflexión fue que, aunque en general sentÃa aversión hacia el uso flagrante de artes zalameras por parte de un hombre de edad al «cortejar» a una linda chica, en este caso no le resultaba demasiado doloroso: lo cual parecÃa demostrar o bien que St. George tenÃa mano o el aspecto de ser más joven de lo que era, o bien que en cierto modo la actitud de Miss Fancourt lo enmendaba todo.