La Lección del maestro
La Lección del maestro —Ah, sÃ, lo sé; gracias —el General Fancourt era distinguido, no habÃa duda de ello, por algo que habÃa hecho, o incluso quizá que no habÃa hecho —el joven no recordaba cuál de las dos cosas— unos años antes en la India. El sirviente se marchó, dejando las puertas de cristal abiertas hacia la galerÃa, y Paul Overt se quedó de pie en el nacimiento de la amplia escalera doble, diciéndose que el lugar era bonito y prometÃa una estancia agradable, mientras se apoyaba en la vieja barandilla de hierro finamente trabajada, que, al igual que el resto de los detalles, era del mismo perÃodo que la casa. Todo estaba acorde y hablaba al unÃsono, con una voz única: una rica voz inglesa de comienzos del siglo XVIII. PodÃa haber sido la hora de ir a la iglesia de un dÃa de verano en el reinado de la reina Ana; la quietud era demasiado perfecta para ser moderna, la cercanÃa contaba como distancia, y habÃa algo muy fresco y seguro en la originalidad de la casa grande y uniforme, en la superficie de los preciosos ladrillos más rosados que rojos y que habÃan sido despejados de desaliñadas plantas trepadoras, según la ley por la que una mujer de cutis poco común desdeña un velo. Cuando Paul Overt se dio cuenta de que los que estaban bajo los árboles habÃan advertido su presencia, dio media vuelta y por las puertas abiertas penetró en la gran galerÃa que era el orgullo del lugar. Cruzaba de lado a lado y, con sus colores intensos, las altas ventanas, las zarazas de flores desvaÃdas, los retratos y cuadros de fácil reconocimiento, la porcelana azul y blanca de las vitrinas y las guirnaldas y rosetones sutiles del techo, parecÃa una alegre avenida tapizada que llevara al otro siglo.