La Lección del maestro
La Lección del maestro —¡Vil impostor! —prosiguió su irónico anfitrión—. Lo he tratado generosamente en lo que a esa joven respecta: no haré más concesiones. Espere tres minutos..., en seguida estoy con usted. —Se dedicó a despedir a sus invitados, acompañó a las damas con vestidos de cola a la puerta. Era una noche calurosa, las ventanas estaban abiertas, el sonido de los rápidos coches y la llamada de los serenos penetraba en la casa. El ambiente habÃa resplandecido no poco; una sensación de cosas festivas flotaba en el aire cargado: no sólo la influencia de esa fiesta en particular, sino también la insinuación del apremio del placer extendido que en las noches veraniegas de Londres llena tantos alegres barrios de la complicada ciudad. El salón de Mrs. St. George se vació gradualmente; Paul se encontró a solas con su anfitriona, a quien explicó el motivo de su espera.
—Ah, sÃ, una conversación intelectual, profesional —dijo con malicia—, ¿no cree que se echa de menos en esta época del año? Pobre Henry, ¡me alegro tanto!