La Lección del maestro
La Lección del maestro —Ah, ¿no habÃa estado aquà nunca? —dijo su acompañante—. Es un bonito rincón, no hay mucho que hacer, ¿sabe? —Overt se preguntó qué era lo que querÃa «hacer»; a él, en particular, le parecÃa estar haciendo tanto. Cuando llegaron a donde se hallaban los demás, ya habÃa reconocido a su iniciador como a un militar y —asà trabajaba la imaginación de Overt— lo habÃa encontrado aún más simpático. TendrÃa una necesidad natural de acción, de hechos que desentonaran con la pacÃfica escena pastoril. Sin embargo, tenÃa evidentemente tan buen carácter, que aceptaba por lo que valÃa una ocasión tan desprovista de gloria. Paul Overt la compartió con él y sus acompañantes durante los veinte minutos siguientes; esas personas lo miraron y él las miró sin saber muy bien quiénes eran, mientras la conversación continuaba sin que ni siquiera supiera qué significaba. La verdad es que parecÃa no significar nada en particular; transcurrÃa, con pausas intrascendentes sin sentido y cortos vuelos terrestres, entre nombres de personas y lugares, nombres que, para nuestro amigo, no tenÃan gran poder de evocación. Todo era sociable y lento, lo propio y natural de una cálida mañana de domingo.