La Torre de Marfil

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—Bien —rió armoniosamente Gray una vez más—, si eso basta para hacerle feliz… —permanecía parado, como en actitud de inspección, con una suelta torpeza y una soltura agradable, levantando la cabeza como para sacar el máximo partido de una estatura no grande—. Nunca he lamentado tanto no tener más que ofrecer.

Los finos ojos viejos desde la almohada continuaban asimilándolo; y el otro podía ver que se daba la circunstancia de que, por así decirlo, “aprobaba”; y aunque nunca había experimentado, en sus años, la extraordinaria o emocionante sensación de desaprobación (lo que quizá restase relieve a su felicidad), tenía todavía sitio para la emoción, para el inmediato estremecimiento y conmoción de verse coronado por el éxito. Gracias a Dios, se había librado de cualquier motivo de verdadera vergüenza, pero nunca había sentido en su frente la caricia o las cosquillas de los laureles. “Supone esto —podría haberse susurrado a sí mismo— un más que extraño cambio de perspectiva?’ Pero su tío, entre tanto, había hablado.

—Bueno, tengo todo lo que voy a querer de ti. Y debe de haber más cosas en ti de las que veo. Porque eres distinto —consideró el señor Betterman.

—Distinto de qué? —quiso saber Gray, de todo corazón.

El señor Betterman tardó un rato en contestar, pero pareció dar a entender que eso podía adivinarse:


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