La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Merece la pena venir de tan lejos, tÃo, si me permite que se lo diga; merece la pena la peregrinación para ver algo tan espléndido.
El anciano lo oyó, claramente, como en virtud de algún hondo proceso todavÃa activo; y luego, tras una pausa que no representaba, Gray estaba seguro, ningún fallo de percepción, sino sólo el amplio abrazo de una posibilidad de placer, hizo sonar bravamente su voz en respuesta:
—Está a la altura de lo que has visto?
Fue Gray más bien quien quedó por un momento perplejo, aunque sólo para dar paso a una renovada espontaneidad cuando hubo captado el sentido de la pregunta.
—Oh, está usted a la altura de todo… Lo que quiero decir, si me lo permite, es que nada está a su altura. Quiero decir, si me lo permite —sonrió— que usted mismo, tÃo, me parece la mayor y más genuina expresión americana a la que puedo ser expuesto.
—Bueno —dijo el señor Betterman, de nuevo como con una atenta deliberación—, veo que me va a gustar oÃr tu modo de hablar. Eso —añadió con su blanda claridad, con un tono único para las muchas cosas que querÃa decir—, eso, creo, es más o menos lo que más me hacÃa desear que vinieras. Y para mirarte también. Me gusta mirarte directamente.