La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Ah, le beau type, le beau type! —fue durante estos instantes el comentario interior del visitante, que afloraba en una de las lenguas extrañas que la experiencia le habÃa concedido emplear en privado, en tantÃsimos casos, para la apropiación de aspectos y apariencias. Fue más tarde cuando llegó a saber cómo su tÃo habÃa sido capaz, dos o tres horas antes de verle, de presentar mejilla y barbilla al diestro oficio del barbero; hecho de lo más revelador, por turbias que fuesen las luces allà concurrentes. Lo que el paciente debÃa directamente a ese sacrificio, según el otro supo apreciar, era ese aspecto como de último refinamiento de los preparativos, ese indudable esplendor de lo inmaculado, que en verdad no suponÃa, cuando uno lo asimilaba, sino un firme reconocimiento de la propia dignidad del invitado. La grave belleza de aquella presencia personal, el vago anticipo como de algo que podrÃa perdurar para ser conmemorado por su ejemplo, la gran habitación fragante y pura, bañada en el resplandor templado del final de la tarde, la lucidez, la tranquilidad y la seguridad generales del caso presente en su conjunto despertaron, en definitiva, en nuestro joven amigo, una extraordinaria sensación de que, igual que él era lo bastante importante para estar en exhibición, también estas peculiares perfecciones que salÃan a su encuentro no eran sino otros tantos implÃcitos honores que se le rendÃan e indicadores del alto nivel al que habÃa ascendido. En exhibición, sÃ, eso era, y más maravillosamente de lo que podrÃa decirse: Gray estuvo seguro, al poco, de cuánta razón habÃa tenido al mantener las distancias hasta entonces, en bien de cualquier significación que pudiera atribuÃrsele. Era tan evidente que su tÃo tenÃa tantos deseos de que él fuese de determinada manera, que no habÃa riesgo alguno de excederse; y que, si él pudiera, allà y entonces, captarlo, no pedirÃa sino que lo dejasen actuar, por decencia, según sus propias luces: igual que, apenas un poco antes, habÃa acusado un despliegue similar de sugerencias por parte del señor Gaw, y todos estos estÃmulos, cada uno a su manera, lo arropaban con singular pertinencia, con aquella combinación de atributos tan palpables. El que los partÃcipes en la presente esperasen la expresión articulada, por ambas partes, de lo que más les concernÃa a ambos, fuese lo que fuese, prometÃa durar lo que habÃa durado la tensión abajo, en el porche, y quizá se habrÃa prolongado más aún si Gray no hubiera prorrumpido, desde donde estaba, en un grito de admiración —no habÃa otra forma de llamarlo— que hizo disiparse en el aire cualquier temor de pasarse de la raya.