La Torre de Marfil

La Torre de Marfil

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Permanecieron cara a cara entonces durante un intervalo de cuyo control directo, seamos justos, ella no se había responsabilizado; yeso, a pesar de que Gray recelaba que, al cabo de un minuto, ella podría, por un toque de su mano o la fuerza de su espíritu, empujarlo más allá de lo que él, de momento, había juzgado decente avanzar. Se había detenido a una cierta distancia de la gran cama; detenido, en verdad, por consideración y deferencia, o por el instinto de someterse antes que nada a un gesto de aprobación, o al menos de ánimo. El espacio, ni lo bastante grande para la renuencia ni lo bastante pequeño para el atrevimiento, lo mostró dispuesto a obedecer cualquier señal que su tío hiciera. El señor Betterman le sorprendió, en medio de ese elocuente silencio contemplativo, menos por lo formidable que por lo humilde y conmovedoramente augusto. No lo había imaginado, cayó súbitamente en la cuenta, tan grande… Con la presencia de un ajado veterano de los negocios, una de esas reconocidas eminencias cuyas últimas palabras se espera que queden para la Historia. El rostro grande y hermoso, más recto que pesado, no estaba ni ensombrecido ni estragado, sino elegantemente sereno; el cabello plateado parecía ceñir la frente, alta y ancha, como con una banda de seda espléndida, mientras los ojos descansaban en Gray con un aire de conformidad más allá de toda confirmación, por mero efecto de la alegría o la relativa tristeza del consuelo.


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