La Torre de Marfil

La Torre de Marfil

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Tal fue la fantasía que desarrolló mientras colocaba con delicadeza su afortunado hallazgo en la tapa cerrada y pulida del piano de cola, cuya singular superficie reflejaba la palidez del marfil, y lo ponía al alcance de su compañera. Con bienintencionada presunción, el objeto de estas atenciones bien podía pasar, a su reducida escala, por una construcción de muros blancos, muy alta en proporción a sus otras dimensiones, y con la cabeza alzada en medio de su altiva redondez como si pudiera ondear en ella una bandera en miniatura. Era el producto notable de una paciencia oriental, probablemente india, y de un periodo en el que la paciencia aplicada a tales causas estaba en su apogeo; gracias a lo cual Gray, que amaba la artesanía antigua y había visto muchísima en su vida, había reconocido de una mirada la única pieza interesante de la habitación. Realmente consistía en un armarito fácil de mover por su tamaño, asentado en una base circular del mismo material y equipado con una puerta curva que, al abrirse en dos al girar una diminuta llave de oro, mostraba una pila de cajoncitos superpuestos que disminuían en profundidad conforme ascendían, de modo que el de arriba del todo era el de menor capacidad. El elevado mérito del objeto residía en la fina labor que requería construirlo y mantenerlo perfectamente circular; efecto logrado por el perfecto encaje, al parecer mediante diminutos remaches dorados, de numerosas plaquitas curvas de la preciada sustancia, cada una de las cuales, incluyendo las dos hojas de la puerta exquisitamente convexa, contribuía a la habilidosa y total redondez. Los cajones interiores corrían, por supuesto, sobre lados rectos, pero también tenían los pequeños frontales curvos, hechos de las mismas placas ajustadas. El conjunto, la infinita finura que exhibía, resultaba un prodigioso derroche de ingenio, y Rosanna, declarándose estúpida por no habérsele adelantado a su amigo, rindió tributo, bajo el énfasis admirativo de éste, a la más escogida de sus propiedades. De cómo se habían hecho con la pieza ella y su ahorrativo padre, no pudo ella acordarse de inmediato: cuando alquilaron la casa de Newport por aquellas pocas semanas, sus instrucciones fueron vagas: que un surtido de chismes de Nueva York se dispersara por cuantas habitaciones fuera posible, para mitigar la desolación; y, ocupada desde entonces en otros asuntos, ella había dado por cumplido el efecto deseado. El estado de su padre había impedido la presencia de huéspedes temporales, y, con la llegada de Gray en mente, ella apenas había reparado en cuestiones de menor importancia.


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