La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Usted entiende de estas cosas, claro. Y yo lo sabía.
Tales fueron las palabras con las que ella asintió a la elección de la torre de marfil por parte del otro, y con las que éste dio por sentado, mientras lo hacía deslizarse a plena satisfacción, que el cajón menos hondo sería el que serviría para poner el documento a dormir. Así que lo puso dentro, regocijándose ante el preciso ajuste del cajón, cuidando de que las dos hojas de la puerta protectora se juntasen, girando la llavecilla de oro en la cerradura y, finalmente, con permiso de su amiga, prendiendo la llave a una anilla de plata que llevaba en el bolsillo y reunía en manojo muchas otras.
Con esta cuestión resuelta, inmediatamente pareció, con un efecto desproporcionado a la causa, que un gran espacio se despejaba ante ellos: sobre ese espacio se miraron el uno al otro como si se hubieran hecho más íntimos; como si ahora, en el aire libre, volvieran a asomar las enormidades mencionadas. Todo lo cual quedó expresado en las siguientes palabras de Gray: