La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Puedo preguntarle, a propósito de algo que acaba de decir, si mi tÃo hizo algo por dejarme dinero antes de que pudiera plantearse nuestro encuentro? Porque si lo hizo, ¿sabe usted?, aún lo entiendo menos. Que quisiera yerme, si pensaba en mÃ, eso, por supuesto, lo puedo entender; pero que no esperase hasta yerme es lo que me resulta extraordinario.
Si ella le hizo pensar que demoraba un tanto su respuesta, no fue, como pudo comprobar de inmediato, porque no estuviera completamente segura de lo que iba a decir:
—Es que ya le habÃa visto.
—¿De niño, quiere decir?
—No… Con tanto tiempo por medio, eso no contaba —y se permitió otra pausa, y también otro acto de certeza—: le habÃa visto en el gran hecho que le concierne.
—Puede saberse a qué se refiere con esas palabras?
—Vaya, a que es usted más ajeno a todo, al aire mismo que él ha respirado toda su vida y que en estos últimos años cada vez lo ponÃa más enfermo, que cualquier otra persona sobre la que tuviera algún grado de dominio y de la que pudiera echar mano.
Estaba parado ante ella, las manos en los bolsillos: la podÃa estudiar ahora igual que ella lo habÃa estudiado a él.