La Torre de Marfil

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—¡Hasta qué punto, Rosanna, no habrá usted dado la cara por mí!

Ella recibió su escrutinio con los párpados más cerrados aún.

—Se lo expliqué todo, hablé a su favor con toda la firmeza que se puede poner al hablar de otro. Pero de eso no debe usted deducir —sonrió, con una pizca de incomodidad— que he puesto veinte millones a su alcance, ni nada que se le parezca. Le habrá dejado, estoy convencida, todo lo que tiene; pero no tiene nada que se parezca a eso. Hasta ahí, es todo lo que puedo asegurar, sin más detalles. Ni mi padre lo sabe —añadió—; a pesar de que durante mucho tiempo eso ha sido lo que más ha ansiado saber, el principal motivo por el que se sentaba ahí, durante todas estas semanas, al acecho de la ocasión de enterarse. Me refiero a la verdad de los asuntos del señor Betterman.

Gray sintió cierto grado de alivio ante aquella nota restrictiva sobre sus expectativas, lo que podría haberse confundido a todas luces con una involuntaria manifestación de alegría ante las proporciones de éstas. El mismo aire, por obra de Rosanna, se oscurecía con números; pero lo que ella acababa de admitir abría una rendija de luz. A esta luz, que era también la de la alusión que hizo ella al insaciado apetito del señor Gaw, volvió a él el recuerdo de la presencia de este caballero en la otra casa, y al cabo dijo:


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