La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Eso hizo que Horton, por alguna razón, la estrechase con más fuerza aún; aunque no como si las palabras de ella lo animasen a confianzas afectuosas. Era caracterÃstico del trato de esta pareja el que, por muchos pasos que les quedara dar hacia un mayor afecto mutuo, y, por lo mismo, en ocasiones, hacia el consiguiente regocijo, no daban por desperdiciados ninguna causa y efecto de esa clase: habÃan desechado ya, por su propio interés, todo posible error y vano fantaseo, todo arranque en falso y toda falsa aspiración, todo fallo en su unanimidad.
—Bueno, si es tan decente, entonces, por no decir superior —prosiguió Haughty—, ¿no le convendrÃa más a usted, y le simplificarÃa mucho las cosas, enamorarse, estar enamorada de él? A mÃ, como sabe, eso me convendrÃa más que lo contrario; pues lo que sigue turbando la paz de mi espÃritu es la impresión que causó en usted el difunto Northover. Sé, y no sé decirle el porqué —explicó—, que nunca voy a estar celoso de Gray, y probablemente ni siquiera le tendré envidia; de modo que ahà tiene su oportunidad… Aprovéchela. Téngale todo el cariño que quiera, querida, y Dios hará que él se lo tenga a usted. Asegúrese tan sólo de que lo hace por él… Y por usted misma; a la vez que se percata de sus posibilidades, de part et d’autre, mientras se aproxima a ellas.