La Torre de Marfil

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Lo que tuvo un efecto inmediato, e incluso llamativo: le hizo volverse de inmediato para mirarla y ofrecerle su levísima, gratísima risa, en la que había menos estridencia varonil que en cualquier otro sonido masculino de esa clase. También le hizo cambiar de postura, y buscar asiento lo suficientemente cerca de ella para rodearla con su brazo y estrecharla, pegando la mejilla por un instante, con las debidas precauciones, contra su pelo.

—Eso es muy encantador, por su parte. Seguro que lograremos hacer algo. ¿Está usted pensando en lo que ese amigo suyo de allá, dans le monde, el padrastro, el señor Wendover, le contó sobre él, con todos esos aspavientos?

—Pues sí —dijo Cissy, en lúcida rendición y como si esta verdad fuera de una vulgaridad que la hiciera sonrojar—. ¿No sabe usted que me enamoré del señor Northover, cuyo nombre ha pronunciado usted mal, hasta el punto de que le he sido fiel siempre, mientras que jamás he estado enamorada de usted, ni lo estaré de Gray, por mucho que lo desee, o incluso aunque usted me empujase a ello? Por lo mismo, tampoco me enamoraré de ningún otro. Lo que es inconcebible —explicó— es que alguien de quien ese encanto de hombre tuvo a bien hablar como me habló de su hijastro sea capaz de algo mínimamente desagradable.

—Ya veo, ya veo.


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