La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Así continuó Horton; así, como incitado o llevado por una irresistible y grata inspiración, en aquella blanda placidez y en aquel rincón resguardado, ante la pequeña marea salada que se demoraba como si quisiera escuchar, jugaba con cosas antiguas y nuevas, con hechos y posibilidades, encaramado a antiguallas que no pedían más que se hablase de ellas para revivir y multiplicarse.
—Hay una cosa, de todos modos, que antes me dejo ahorcar que permitir —concluyó—: que me ahorquen si lo que nosotros hagamos por él, con mi consentimiento al menos, le enajena sus viejos conocidos, sin prestarle inspiración para los nuevos. Si puedo evitarlo, no llegará a ser tan bestialmente vulgar como todos nosotros.
Lo dijo en tono sincero, pero provocó en Cissy una especie de presto aullido de dolor:
—No, no, no, qué monstruosa idea, Haughty, que él pudiera…