La Torre de Marfil

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—Lo que me asalta es la duda de si semejante cambio de fortuna no lo echará a perder… Con lo bien que estaba y lo simpático que era… Recuerdo que casi llegaba a exasperarme su apariencia de no tener necesidades, o tener sólo aquéllas que podían satisfacerse simplemente estando allí, y no eran las que tenía yo (al menos, en un grado que me compensase de la no satisfacción de las otras). Supongo —siguió Horton— que todo se debía a que, al no tener ninguno de los dos nada digno de mención en los bolsillos, ni perspectivas de tenerlo, él se conformaba porque, casualmente, lo que más le gustaba eran los placeres que no eran caros. Yo, por mi parte, rabiaba por mi incapacidad de afrontar o practicar el gasto, que me parecía bueno y feliz por sí mismo, lo que más merecía la pena; y, ya que lo mencionamos, me lo parece todavía. “La lecture et le promenade”, que el viejo Roulet, nuestro pasteur en Neuchátel, nos imponía como los gozos más altos, realmente parecían agradar a Gray por lo que Roulet veía o fingía ver en ellos; siempre que se les pudiera añadir cuadros, y música, y conversación, lo que por supuesto implicaba gente agradable… Y todas estas cosas podía procurárselas con sus propios medios, dispuesto como estaba a hacer todos sus viajes a pie (igual que yo, entonces, quería hacer todos los míos a caballo), y a ir a la ópera o al teatro en las localidades de un chelín, si no podía ir a los palcos. Yo detestaba tanto todo lo que no fueran palcos, siempre palcos en todas las facetas de la vida, que, si no podía disfrutarlas de esa manera, prefería no tenerlas. De modo que, cuando lo pienso, se me ocurre que debía de caerme bastante bien, puesto que no me entraron ganas de matarlo… Pues no recuerdo haberme permitido en ningún momento amenazas u otras agresiones. Lo que quizá se deba a que me daba cuenta de que, de una manera más bien extravagante, él me apreciaba, y no me extrañaría que siguiera haciéndolo. Al mismo tiempo, si me hubiese parecido reprensible más allá de cierto punto, sus demostraciones de que me consideraba una maravilla no hubieran sido, creo —reflexionó el joven—, sino un agravio más. Sea como sea, debo decir que no tomaré a mal ninguna consideración que quiera prestarme ahora… Si él no sabe mantenerse en su papel, yo sí sabré mantenerme en el mío. El sueño de mi vida, si quiere saberlo todo, querida, el sueño de mi vida ha sido ser admirado, admirado de verdad, admirado con todo lo que posea, por un hombre inmensamente rico. Ser admirado por una mujer rica no es lo mismo… ; aunque, como usted sabe, lo he intentado también, y también he fallado… Me refiero a que estén dispuestas a hacerlo con todo lo que tienen… Sólo lo he conseguido con las pobres, ¿verdad?, y hace tiempo que hemos tenido que reconocer, ¿o no?, lo poco que eso nos ha servido.


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