La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Y a Horton podría habérsele dejado, durante un minuto de silencio, con su consideración de algunas de esas luminosas posibilidades; momento que Cissy Foy aprovechó para fomentar la unión de ambos acompasando visiblemente su respiración con la de él, de un modo que decía más de su interés que cualquier comentario que pudiera haber interpolado. Era evidente que habían dejado muy atrás cualquier fase de su asociación en la que la capacidad de interesarse por lo que el otro pudiera añadir a lo que se traían entre manos dependiese de demostraciones verbales. De hecho, tampoco dependía de demostraciones de ninguna otra clase, tales como, por ejemplo, ojos escrutadores: ella no tenía que mirar a su amigo para seguirlo; se limitaba a mirar esas mismas lejanías en las que se perdía la mirada de él, y así, yendo allá tras sus talones, era como lo seguía. Y era muy posible que la imaginación de su acompañante, cuando habló de nuevo, se hubiese desplazado ya muy lejos.