La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Lo que visiblemente ocurrió, por tanto, fue que Graham primero le pareció exultante y luego contrito, a lo que se sumaba la reflexión de que, para no contribuir a la vergüenza subsiguiente, él no debÃa mostrarse abiertamente cómplice de un júbilo sin matices. Luego, la simple percepción de que su camarada reencontrado le hacÃa depositario de una confianza sin lÃmites, en la que podrÃan haber acompasado sus respiraciones, bien hubiera podido eclipsar todo lo demás si su propia conciencia individual no se hubiese sentido un tanto preocupada, quizá, por la propia intensidad de tanta franqueza. Franco, por no ser menos en generosidad, es lo menos que hubiera querido mostrarse; y, para demostrarlo, podemos imaginarlo insistiendo, hasta los más felices extremos y por su propio bien, en aquellos aspectos de la relación mutua cuya acción no arrojaba sombra alguna. En cinco minutos habÃan recorrido mucho terreno. Aunque sin ir más allá, hemos de decir, del que abarcaba, sin agotarlo, lo que Gray llamó una petición de elemental auxilio humano. Pues la situación en la que estaba era tal, según aseguró a su amigo, que en todos aquellos dÃas no habÃa podido hacer otra cosa que poner ojos de asombro. No es que pensara que el propósito de su tÃo fuera hacer de él un idiota, pero tal amenazaba ser el efecto práctico del extraordinario proceder de su querido pariente.