La Torre de Marfil

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Gray vestía riguroso luto, lo que hacía que su cara pareciera pálida en comparación con el aspecto de la misma que recordaba su amigo; que, más tarde, hemos de mencionar, habría de describírselo a Cissy Foy, en tales condiciones (incluyendo la atmósfera de aquella gran habitación palaciega en penumbra), como una especie de “Hamlet feliz’ Pues tan feliz se declaró nuestro muchacho de ver a su visitante; y hasta tal punto, según su propio testimonio, consideraba que lo más interesante que le había acaecido o le había deparado lo que iba de semana era su reencuentro con este personaje y sus correspondientes rasgos de aspecto y tono, que la intensidad de su afirmación forzosamente, y tras no poca demora, hubo de retraerse un tanto ante la insoslayable evidencia de que se reunían casi en presencia de la muerte. ¿Fue Horton el que la sacó a relucir, en un decoroso intento de poner la cara larga o expresar su temor de haber respondido con indebida prisa al mensaje que le llevó Davey? Digamos que pudo ser así, dado que, poco después, fue Horton, y no Gray, quien aparentemente dio en insinuar una timidez sin duda alguna momentánea y determinada por la efusiva bienvenida de su amigo, pero tan incongruente como el hecho de que lo que corría el riesgo de resultar grosero no era tanto su propia actitud y el gozo que traslucía, como estas mismas demostraciones por parte del afortunado heredero del anciano insepulto que aguardaba en algún lugar del piso superior. Lo único que pudo apreciar, al cabo de unos instantes, fue que Gray iba a mostrarse ingenuo, admirable y espléndidamente ingenuo, podría decirse, en su estimación y comparación de los diversos peligros posibles. Pero esa ingenuidad de las personas tremendamente educadas, tremendamente “cultivadas” y cosmopolitas, como Horton las hubiera llamado, especialmente si tales personas eran de naturaleza extra-refinada y ultra-perceptiva, era cosa bien distinta del crudo candor de las personas del montón; y la consecuencia de tales percepciones y reflexiones, en definitiva, no pudo ser otra que su inmediato reconocimiento de que aquel receptor de “excepcionales ventajas” que ahora se le revelaba en toda su amplitud le mostraba una flexibilidad de énfasis que facilitaba la suspensión de toda observación o juicio. En detrimento de la decencia de Gray, en todos sus matices, no podían actuar más que las dudas suscitadas por los prejuicios de un invitado; de modo que, en cuanto esa incomodidad quedó despejada, en cuanto la agilidad mental de Horton percibió que él y sus tradiciones, sus susceptibilidades, y hasta (por extraño que resultase) sus propias ingenuidades y estupideces estaban siendo superfluamente pasadas por alto y disculpadas, y que eso, eso sólo, era lo único que importaba, pudo entregarse sin reservas a la alegría, tal como le fue ofrecida, que ambos compartían. Y hasta es posible que le pareciera hermoso que su amigo fuera tan consideradamente feliz por su causa, que el espíritu de esa alegría pudiera equipararse completamente a cualquier otra sensación digna de ser tenida en cuenta en una estimación basada en demostraciones de esa clase; por lo que haremos notar que un azoramiento continuado hubiera supuesto para nuestro bravo visitante —o, en otras palabras, para las profundidades de su espíritu— una oscura fuente de confusión.


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