La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Bueno, no diré que no me alegra que me tomes por algo más que un puro adorno; que me alegro, quiero decir, de que veas algunos campos en los que uno pueda quizá serte útil, además de desearlo. Sólo que habría que advertirte, con toda honradez —prosiguió—, que personas con ganas de ayudarte surgirán a tu alrededor como setas, y que podrás tomar y escoger mejor que un rey en su trono. Por tanto, muchacho —dijo Haughty—, no exageres mi modesta valía.
Gray, aunque ya había retirado sus manos de él, aún pudo dirigirle una dura mirada; tan dura, quizá, que, con imaginación, hubiera bastado un instante más para que sintiera que había llegado demasiado hondo. Sin embargo, no llegó a sentirlo, pues lo único que se dijo a continuación fue:
—Lo que quiero de ti, sobre todo, es exactamente que seas tú quien tome y escoja.
Y en esos términos se mantenía el caso cuando Graham añadió:
—Verás: mi problema es la “gente”; les tengo un miedo mortal y, por lo mismo, estoy completamente seguro de que miedo es lo último que tú sentirías. Y si te necesito por mi propio bien, más aún te necesito por el de los otros… Como podrás deducir, te he dado un hueso duro de roer.