La Torre de Marfil

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Daba la impresión, en fin, de que Horton estaba dispuesto a recabar más datos que los que podamos detallar aquí durante los paseos a los que caprichosamente se entregó tras su primera parada y la demostración práctica de las dimensiones del lugar que le proporcionaron las sugerentes evoluciones del propio Gray. Era como si estas hubiesen llegado, en su imperfecta expresión, a donde la emoción del muchacho estaba ya más decididamente a punto de llegar: a la expresión directa de que, si Horton, por pura amistad (no digamos fidelidad), alardeaba de sus ganas de saber, esta disposición no era nada al lado del saber que aparentemente estaba a punto de empaparlo. Allí estaban los dos, parados brevemente por segunda vez, mientras todo lo bueno del mundo que él pudiera imaginar o desear se ajustaba a la forma radiante de esos preciosos saberes a los que, por pura deferencia, debía someterse. Como motivo de inspiración, baste imaginar con qué agudeza percibiría, durante aquellos minutos, las beneficiosas posibilidades que se le ofrecían; o el refinamiento de placer con que vería cómo la ocasión que se le presentaba vendría investida de la dignidad y gracia con que desinteresadamente consentía en “saber”; ya que, evidentemente, cuanto más cosas supiera —aunque éstas no se refirieran, al parecer, más que al heredero del señor Betterman— con más claridad le parecería todo aquello un camino señalado. Asombroso fue, pues, el escaso margen en el que sintió que la gran ola puesta en marcha por el mudo magnate se le venía encima desde el rostro de Gray, desde la voz de Gray o el contacto de las manos que éste había puesto, en señal de ruego y afirmación, sobre sus hombros; la que luego, al retirarse, al resbalar cálidamente sobre su cuerpo, dejaba al descubierto, bajo una luz más que intensa en medio del panorama despejado, algo parecido a todo su futuro; extraordinariamente parecido, sí, según supo reconocer, después de hacer acopio de firmeza, tras su simultánea convicción, cada vez más profunda, de que estaba haciendo algo más que responder a la necesidad creciente que su amigo tenía de él; que estaba haciendo crecer allí mismo, hasta la exuberancia, bajo las narices de su amigo, todos los valores que se sustentaban en esta necesidad.


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