La Torre de Marfil
La Torre de Marfil La belleza del tono con el que lo dijo, la condenada fuerza de su misma claridad, pudo ser lo que hizo que el mismísimo Horton se quedase pasmado por un instante, con un pasmo como el que Gray acababa de atribuir a su propia inteligencia. Se habían sentado ya, obedeciendo a la hospitalidad ofrecida y aceptada; aunque sin servirse nada bebible o fumable, para no profanar la situación. Pero la inquietud latente en la misma había salido ya a relucir, y al cabo de unos instantes quizá no hubiéramos sabido decir quién había forzado a obrar a quién, si el anfitrión al invitado o el invitado al anfitrión. En cualquier caso, con los aires de destacado elemento social que Horton Vint asumía en todas partes, haría falta —sobre todo, si mediaba algún elemento de amplitud espacial o ambiente suntuoso— presentar una actitud abiertamente combativa para dejar las implicaciones de su presencia reducidas a un derecho de segundo orden. Siempre era el amo potencial; o, en términos cuantitativos, el dueño: hasta ese punto podía pensarse, la mayoría de las veces, que era él quien te ofrecía el disfrute de cualquier cosa elegante que le rodease; dependiendo siempre de la escala en que tales cuestiones se planteasen y al más mínimo atisbo de cómo las acusara el otro, que era lo más parecido a ponerse el otro a su nivel. Sin duda, todo aquello nacía de que su relación con las cosas caras dependía en gran medida de su propia apariencia, por más que pudiera decirse que ésta suponía una contravención de esa modernísima ley que dicta que el personaje menos congruente con el esplendor del escenario es el personaje al que le faltan datos…