La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —No hacemos más que hablar y hablar mientras él yace muerto —lo afrontaban con toda la serenidad del mundo—. Pero lo extraordinario es que el hecho de haber logrado sentirme cómodo en esta situación (y, por lo mismo, haber hecho que tú lo estés también) es justo lo que el buen hombre me insistió que hiciera. No tengo ni sombra de duda, y no creo que llegue a tenerla, de no estar haciendo lo que él querÃa de mÃ; porque lo que querÃa de mà —continuó nuestro particular amigo— es… bueno, bastante poco convencional. A él le gustaba que yo fuese esa clase de idiota bienintencionado que has podido comprobar fehacientemente que soy. Le advertÃ, sincera y apasionadamente le advertà que no valgo, en absoluto, para emplear, cuidar e incluso comprender de la manera más rudimentaria una fortuna; y eso fue justo lo que más pareció decidirle. Me querÃa carente, hasta el último extremo, no sólo de una mente financiera, sino incluso de cualquier clase de germen, por mÃnimo que fuera, de sentido monetario.., hasta rayar en la incapacidad absoluta, en la alegrÃa (suya o mÃa) de no saber contar hasta diez con los dedos. Satisfecho de los lÃmites de mi aritmética, murió como un bendito.
Horton aplicó a esto su entendimiento, en su papel de completa lucidez:
—¿No sabes contar hasta diez?
