La Torre de Marfil

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El verdadero y abrumador sentido de su aventura no residía tanto en el hecho de que, en cuanto balbuceaba la palabra “dólares”, éstos venían, sino en aquellas vastas y vagas cantidades, esas interminables sendas de su propia estimación, a la que la prodigiosa perversidad de su pariente había impuesto la apariencia de un capital ilimitado, que él había de explorar. La confianza del difunto en que él tendría un carácter que se crecería bajo una presión mayor que la que jamás soñó sufrir, y la consiguiente libertad desolada que tenía para descifrar el misterio de los refinamientos o las groseras ingenuidades de intención y motivo que mejor le convinieran: a eso y no a otra cosa se reducía aquella ingente, indefinida y divisible suma que ascendía a millones, y en relación a la cual sólo aquella firma, cuyos caracteres se le presentaban con la mayor nitidez dondequiera que pusiera su pensamiento, era lo bastante “buena” para reducir cualquier otra marca casual que la naturaleza o el arte pudieran producir a la condición de borrón despreciable. Y la “falta de color” del señor Crick (como Gray calificó la idiosincrasia de este caballero desde el momento en que vio que aquello sería su único punto de contacto) pasó a ser, por aquella extrema rareza y claridad con la que no pudo por menos que impresionarle, la más vistosa piedra preciosa (pongamos, un rubí o un topacio) que la frente lisa de éste iba a hacer relumbrar, de momento, ante sus ojos.


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