La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Se detuvo un instante, como si tuviese que reservar fuerzas para lo que venía después, mientras su acompañante se esforzaba en demostrarle, con la cabeza en posición retraída, como la de un hombre que bebe de un pitorro, lo poco que había decaído su atención.
—Veo, querida y grandiosa criatura, que ya entonces estaba usted al tanto de todo lo que iba a pasar; y sin saber aún de qué se trata, pongo el cuello por usted.
—Bien —dijo ella—, le estoy muy agradecida, y no debe usted fallarme, fíjese bien, ni por un instante. Pero entonces no necesitaba ningún apoyo, ni siquiera el de mi madre: me eché todo aquello sobre mis espaldas en cuanto se me presentó la ocasión.
—Usted dio un paso al frente y, por supuesto, zanjó la cuestión
—Davey casi alardeaba del lujo que suponía su interés—. Lo que la movió, claramente, fue una de esas pasiones culminantes de la infancia.