La Torre de Marfil
La Torre de Marfil —Entonces, Âżpor quĂ© no procurĂ©, más bien, tenerlo donde el pobrecito alimentase mi propia llama? —espetĂł Rosanna—. ÂżPor quĂ© no hice que mi madre le dijese a la suya (ella habrĂa dicho cualquier cosa en el mundo que yo deseara): “Cásese con toda tranquilidad, no desilusione a este encanto de hombre; mientras nosotras llevamos a Gray con su tĂo, que es lo que más le conviene, y que aprenda a ganar una fortuna, contando con el cariño y amistad de dos mujeres decentes como nosotras, y con que usted y su marido puede venir a verlo cuando quieran y ver lo bien que va todo”…? ÂżPor quĂ© —repitió—, estando tan encaprichada como estaba, no hice eso?
Él la hizo esperar no poco:
—Precisamente porque estaba usted encaprichada. Porque cuando se está encaprichado se es sublime.
Ella habĂa vuelto los ojos hacia Ă©l, para encarar su vistosa receptividad, pero no pudo hacerlo sin sonrojarse visiblemente.
—Rosanna Gaw —dijo el otro, abusando abiertamente—, es usted sublime ahora, todo lo sublime que puede y quiere ser. Le gustaba tanto su jovencito que fue realmente capaz de…
Lo dejĂł ahĂ, al ver que ella no completaba el sentido, pese a que la frase habĂa quedado en suspenso. Pero prácticamente lo hizo al añadir: