La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Media hora después, sin embargo, ella todavÃa tenÃa a esta joven dama ante ella en prolongada perspectiva y como satisfacción —o engorro— por llegar; gracias a que la señora Bradham tenÃa cuarenta invitados, o una cifra similar, aunque todos se presentaban como por casualidad, para el té, y a que ella misma quizá nunca se habÃa percatado en tal medida de las reacciones de la encantadora muchacha a las consideraciones que todos los presentes sabÃan derivadas de las ideas de Gussy respecto a ella. Las ideas de Gussy respecto a ella, como respecto a todo lo existente, podÃan a veces hacer más por llenar un lugar sobre el que Gussy reinara que cualquier estruendo de voces de cualquier multitud congregada alrededor de esa dama: verdad que ahora podrÃa parecer notable a Rosanna a la luz de las ocasionales sonrisas abiertas que le dedicaba Cissy, aunque siempre de lejos, a intervalos separados y a través de las barreras formadas por toda aquella gente más o menos eminente y brillante. La gran idea de la señora Bradham (notoriamente, la más desinteresada de la que se tenÃa noticia que Gussy hubiera albergado alguna vez con coherencia, a lo largo de una carrera rica en intenciones anunciadas y gloriosos designios) era que, al colocar y tener en exhibición, ante sus ojos, a la más adorable flor de las muchachas que una sociedad espléndida y segura de sà misma podÃa desear albergar, al mismo tiempo ella realzarÃa notablemente la dignidad del papel social jugado por ella misma, y arrojarÃa el precioso objeto a un medio en el cual el cuidado de los objetos preciosos gozaba de suprema comprensión.
