La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Le había quedado, considerando otros hechos, la idea de que ningún incidente de esa clase podía haber salido tan bien librado de cualquier sombra de vulgaridad. Lo había visto, pensaba, tal como él lo había pretendido, y pretendido con completa convicción: su intención había sido rendir tributo, el más elevado, a la inteligencia —que él daba por descontada, o al menos a la altura de la ocasión— que ella demostraría al reconocer en él un valor mayor, en conjunto (y realzado por la idoneidad general) que cualquier otro que alguna vez pudieran ofrecerle. Podía tomarlo o dejarlo, por supuesto, y ella lo veía a la luz de esa posición: no rogaba, no insistía, no afirmaba más que la voluntad y la capacidad de servir, limitándose a mostrarle su oportunidad, apelando a su juicio, alentando su escrutinio, aceptándolo sin sombra de ambigüedad ni, en lo que ella pudo apreciar, la menor vanidad que excediese a los hechos. Había sido todo de lo más extraño, y no lo fue menos el que, a pesar de no sentirse ni conmovida ni tentada, de ser perfectamente lúcida respecto a su posición y perfectamente inaccesible, en cierto modo llegó a admirarle, y hasta a disfrutar con él, cuando llegó el momento de frustrar sus esperanzas. Y lo que de verdad resultaba extraordinario era que probablemente él tenía razón: razón sobre su valía, razón sobre su rectitud —al menos, en su intención consciente—, razón incluso en su cálculo general del efecto, efecto que probablemente obraría sobre la mayoría de las mujeres; razón, finalmente, al juzgar que, de dar en el blanco, ése sería el único modo. Casi igual de extraordinario era que ni sombra de arrepentimiento, ni asomo de imaginación contristada, ni impulsos secundarios de pena o extrañeza, acompañasen su recuerdo de haberlo abandonado al frío consuelo de sus pensamientos. Si se había quedado corto, había sido en su verdad, y no en su error; la solidez de su demanda —en la medida en que su inteligencia, igualando la de ella, podía hacerla sólida— no había tenido nada que ver con su corrección. De modo que ella lo había rechazado sin tenerle antipatía, a la vez que en ningún momento posterior fue consciente de haberse preocupado de lo que él hubiera podido sufrir. Tan ajena era a esa cuestión que ni siquiera hubiera podido decirse que pareciera indiferente; aunque con una vaga impresión —si es que podía hablarse de tal— de que sufrir no entraba en los sentimientos de él. Su aceptación del revés no podía ella describirla más que como inescrutablemente espléndida; inescrutable, quizá, porque ella no llegaba a sentir que aquello no había dejado nada entre ellos. Algo había, algo tenía que haber, aunque fuera la extrañeza, digamos, ante su actual y permanente visión retrospectiva de la fuerza con la que se habían rozado y separado. De alguna manera, no podía desprenderse de la idea de que el roce había sido más intenso que si se hubiesen amado, que habían llegado a estar más juntos que si se hubieran abrazado: tal era el extraño tenor de la brevísima intimidad entre los dos. ¿Llegaría algún hombre a mirarla, por pasión, como el señor Vint la había mirado movido por la razón? ¿Llegarían sus propios ojos alguna vez a visitar las profundidades de un hombre y escudriñarlas sin reparos de un modo que igualase esa aventura? Lo que literalmente hubieran podido decir no tenía importancia, en comparación, una vez que él dejó claras sus intenciones; por lo que el resto no fue quizá más que la silenciosa exhibición, por parte de él, de su personalidad —por llamarla de algún modo—, su honor, su presunción, su situación, su vida; y, por parte de ella, esa incapacidad de ceder ni una pulgada, y que le había hecho ver con mayor claridad aún con cuánta fuerza estas cosas le hacían mella. A pesar de toda esa fuerza, en verdad, el hecho que más podía haberle afectado, no digamos interesado, fue el menos aireado. No era a ella a quien correspondía ahora saber qué diferencia podría haber supuesto que él tratase a Gray Fielder; incontestablemente su relación, o la que tanto ella como Haughty pudieran echar en falta, relumbró de nuevo bajo una luz súbita.