La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Bueno, de todas formas lo supo al instante siguiente, y más extraordinaria que cualquier otra cosa fue la amplitud de su aprensión —que de algún modo rozó lo incalculable— ante la mención de cierto nombre por parte de Gussy. ¿No indicaba esto, sin embargo, lo poco que podía darse por extinta la intensidad de su propia relación particular con ese nombre, o al menos la viveza con la que ésta podía revivir en circunstancias en las que todo revivía en ella? “Haughty”Vint, con el que Cissy, al parecer, recién acababa de conversar en Nueva York, y que uno de estos días vendría a visitar a los Bradham, había proporcionado a la muchacha información —eso se transparentaba, por asombroso que pudiera parecer— sobre el pasado juvenil de Gray, toda ella sorprendentemente fundada en contactos estrechos e interesantísimos entre los dos, y de lo más insospechados por parte de Rosanna: hasta el punto de que las gotas transmitidas al respecto, apenas hubieron caído de los labios de Gussy, se habían convertido en un torrente que inundaba la conciencia de nuestra amiga. A estos contactos sí que se les hubiera podido llamar “claves”, puesto que cada toque podía poner en marcha una vibración. El zumbido se extendió de inmediato, hasta extinguirse, como al apretar un botón… Si ella realmente, y sin la menor mezquindad, hubiese temido las complicaciones, podría estar ahora sentada contemplando lo que pasaría por ser una extravagancia, por la extravagancia de su propia relación con la fuente de las anécdotas de Cissy, que, en sus idas y venidas, no le había deparado a ella luz sobre otra cosa que no fuera él mismo, y más bien escasa, a juzgar por lo poco que a ella misma le había aprovechado en su día. Entre tanto, apenas había logrado reavivar en ella —aunque ahora, como hemos dicho, llegase a extremos de intensidad— la idea de que la invitación de Horton Vint, unos tres años antes, a que ella le concediese su mano en matrimonio había venido acompañada de impresiones no menos singulares, quizá, que las que nunca han caracterizado un caso similar en igual ausencia de manifestaciones externas. El único recuerdo que guardaba de él era que probablemente jamás ningún joven, en la despejada atmósfera social americana, había abordado a una muchacha a ese respecto con tan poco fundamento y, al mismo tiempo, había salvado de ese modo la situación en beneficio propio, o en el de lo que él habría llamado su dignidad, e incluso la de ella; con el resultado de haberla dejado con el misterio, qué demonios, de que ella todavía pudiera tirar de estas vagas y viejas confusiones y hacer sus propias cábalas, y hacerlas en vano, cuando no tenía nada mejor en que ocuparse. Todo había terminado entre ellos, descontado que no habían llegado a pelearse, ni siquiera a discutir; pero había recuerdos, recuerdos no extinguidos, desde el momento mismo en que un soplo nuevo podía avivarlos, como ahora. Él tenía entonces todo el aspecto —inconfundible— de creer absolutamente que ella podría aceptarlo si él se lo proponía con la suficiente claridad y dejaba que ella lo mirase lo suficiente; y lo asombroso es que ella, a pesar de haber sido consciente de todo eso en su día, se resistía a ver verdadera fatuidad en él.