La Torre de Marfil
La Torre de Marfil Todo eso se oyó Rosanna decir finalmente, y sin duda habría servido como asentimiento a lo que Gussy le había revelado, sin necesidad del apoyo adicional que le prestó la convergencia simultánea, en torno a ellas, de diversos participantes en la fiesta, en los que nuestra joven creyó justamente apreciar que habían adivinado, al ver reunidas a la anfitriona y a la invitada decisiva, que el asunto del día estaba allí servido, en manos de ambas. Rosanna se había levantado; no podía seguir sentada, en actitud de recibir… Luego se preguntaría con qué fría mirada de negación no habría comparecido, sin que hubiera el menor precedente, ante aquella desbandada interrogante, con la sensación de que ahora sí, si no tomaba precauciones, se quedaría sin nada de lo que le pertenecía en exclusividad. Y no porque no fueran —todo risas y relumbrones, todo ruido sin sentido y costosa futilidad— la gente más propensa a compartir, algunos simpatiquísimos y guapísimos, y de lo más imprecisos en su insistencia, y con una idea absurdamente mínima de qué era lo que los tenía en ascuas; sino que, de las tres o cuatro cosas que estaban sucediendo a la vez, tenía mucho que ver con su alarma el cosquilleo que provocaba en su corazón la posible pregunta subsiguiente de Gray: “¿Me ha hecho usted venir para vivir con esta gente?”.