La Torre de Marfil

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La ayudó muchísimo, también, verse a continuación en el acto de saludar, con expresión más sincera que la que, a su parecer, había usado hasta entonces, el paso definitivo de la señora Bradham a la acción en forma de “¡Lo quiero en casa para cenar ya mismo!”. Lo dijo con esa esforzada carcajada suya que representaba su principal concesión a la opinión general que se tenía sobre su nativa presteza, una presteza que ella misma estimaba, y hasta proclamaba, como una pasión por el servicio a la sociedad, y respecto a la cual había casi unánime acuerdo en que ella nunca conducía su rebaño tan bien como cuando rendía este teórico tributo a la simpatía. Antes de que Rosanna pudiera proferir palabra, a pesar de las ganas que tenía de hacerlo, la pregunta había sido asumida por aquella personita extremadamente bonita que  sus amigos, e incluso Rosanna, conocían como Minnie Undle, quien de inmediato hizo votos por la presencia del señor Fielder, además de la suya, esa misma noche. Ante un procedimiento tan acelerado como el que implicaba este voto, hasta Gussy pareció retraerse, aunque con una presta salvedad a favor de que el joven se presentara más bien al día siguiente, en el que también la señora Undle, ya que parecía tan impaciente, podía darse por invitada. La señora Undle aceptó de inmediato, aunque ya por entonces Rosanna había dado voz a su desafío:


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