La Torre de Marfil

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Él no podía por menos que hacer su propia visita —de eso era ella perfectamente consciente—; visita por motivos propios, muy distintos de los de ella. Pero no por ello se vio menos sorprendida, desde su puesto aventajado, por el modo en el que permanecía sentado, ajeno a ella, en el extremo externo, donde la luz delataba su presencia, en una silla baja de mimbre que lo ocultaba del todo, salvo apenas su pequeño perfil afilado y arrugado, recortado sobre la luminosa lejanía, y su piececillo sobresaliente, cruzado sobre una rodilla y presa de una incesante agitación nerviosa siempre que un pensamiento lo embargaba. Pocas veces le había ofrecido tan a las claras ese aspecto, del que ella, en los últimos tres años, nunca lo había visto apartarse; y que, pensaba ella, hubiese bastado para revelar su historia, toda su historia, cada ápice de la misma y en toda su intensidad, a un espectador capaz de dejarse impresionar por él como, al fin y al cabo, se deja uno impresionar por cualquier cosa. Lo que ella, de todos modos, reconocía —y en ese preciso momento como nunca antes lo había hecho— era que su “retirada de los negocios”, como decía la gente, su renuncia a toda actividad para entrar en el primer periodo ocioso de su vida, no había tenido más que el curiosísimo efecto de acentuar su absorción, desmentir su indiferencia y darle el aspecto de andar con el agua al cuello. Especialmente en ocasiones así comprendía ella lo que su vida había significado, y era entonces cuando con mayor franqueza ese significado le parecía mínimo: equivalía exactamente al escaso tamaño de aquella pequeña figura acurrucada en la silla de mimbre.


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